martes, 9 de septiembre de 2008

EL PERDON, COLUMNA VERTEBRAL DE LA SANACION INTERIOR.

Orar por sanación interior es ante todo permitir a Jesús que visite todos aquellos lugares de nuestra vida en que hemos si­do heridos. Ya hemos hablado de ello: muy a menudo, a la base de toda herida hay un problema de perdón. Es, pues, un problema espiritual. A la raíz de un cáncer, por ejemplo, hay a menudo un asunto de perdón o de culpabilidad.



Conviene buscar el origen de esta culpabilidad, buscar el momento en que ella nació y por qué. Generalmente nos encontramos frente a una herida remachada.


¿Y qué entendemos por herida remachada? Supongamos, por ejemplo, que yo no fui un hijo deseado. En mi nacimiento, mis pa­dres, faltos de espacio y de medios materiales, no pudieron tener­me en casa. Me confiaron a mis abuelos. En ese momento sufrí una herida muy fuerte de abandono. A la edad de tres años me tra­jeron de vuelta a casa. Mis padres, al igual que mis hermanos, me eran extraños. Esto fue una nueva herida de abandono. Pero tuve también el sentimiento de haber sido abandonado por mis abue­los: otra herida de abandono. En seguida, me envían a un pensio­nado: también herida de abandono. De este modo, acumulándo­se, las heridas me van agravando.

Un enfermo de este tipo puede tomar muchos caminos psico­lógicos que no lo conducirán a ninguna sanación, porque en el fondo de él mismo hay un gran perdón que tendría que dar. Y si este perdón no se da, es imposible volver a encontrar la paz consigo mismo, con el prójimo y con Dios.

Orar por sanación interior es vol­ver sobre todos estos sucesos que han herido al ser humano, que lo han movido a ponerse una máscara tras otra, para responder a una sociedad que exige reaccionar de una determinada manera frente a una situación dada y responder a determinadas exigen­cias.

El ser humano es incapaz de esto. Tiene que jugar su papel en la casa, en el trabajo, en la sociedad. Hay diversas funciones so­ciales, como la de profesor, la de padre, la de sacerdote, la de policía, etc. Cada uno de nosotros se cree obligado a adoptar una cierta manera de obrar, ciertas actitudes, ciertas maneras de vestirse, en función del rol que está llamado a desempeñar. Somos grandes actores. No nos resulta fácil ejercer nuestra libertad frente a noso­tros mismos, frente a los otros y frente a Dios.

Para mí, el fruto de la sanación interior es hacernos hijos de Dios. El hijo de Dios es un ser libre. Porque la libertad es uno de los grandes atributos de Dios. Si yo no soy libre como hijo de Dios, hago mentir mi condición de tal. Si Dios es libre, sus hijos están lla­mados a llegar también a serlo.
Gracias a la sanación interior llegaremos a no tener miedo de nada, a sentirnos bien en nuestra piel, a ser nosotros mismos. No porque hayamos emprendido una terapia psicológica, sino porque habremos descubierto un Cristo siempre viviente que no cesa de amarnos.

Y si caemos, será un accidente. Después de una caída, siem­pre es posible levantarnos y volver a comenzar, porque se ha sido perdonado. A menos que se caiga por caer, por mezquindad.
Muchas personas dicen que no tienen nada que perdonar o que ya han perdonado. Pero, de hecho, cuando se ora por ellas, uno constata que están bloqueadas frente al perdón.

Alguien decía: “Yo he perdonado, pero no olvido”. ¡Cu­riosa manera de perdonar! ¡Es cómico! Mucha gente dice que está en paz, que no tiene rencor contra nadie, y esto no es cierto.
El perdón es lo más asombroso en el ministerio de sanación in­terior. En la base de cada herida hay un perdón que dar o recibir.

Me atrevería a decir que hasta ahora el problema del perdón ha sido mal comprendido.

Es verdadero incluso dentro de la Iglesia. Y esto no es una críti­ca, sino una constatación. A través de mi ministerio he tenido oca­sión suficiente de darme cuenta de que no se sabe cómo perdo­nar. La gente se imagina haber perdonado cuando está, en cam­bio, impregnada de falta de perdón. Basta con mirar a todos esos enfermos: ellos están enfermos por el hecho de que su organismo ya no puede soportar todo el odio y el rencor acumulados durante años.
El perdón no se sitúa en el nivel de los sentimientos. Es esencial comprender esto. Cuando le digo a alguien que es importante para él perdonar, me responde que es incapaz de hacerlo. Yo le res­pondo que eso es verdad, que dejado así mismo él no puede per­donar a nadie. ¿Cómo llegar a perdonar tan sólo con nuestras fuerzas? ¡Sólo lograremos enfermarnos más!

Es con Cristo como debemos entrar en actitud de perdón. Esa es la única manera de perdonar.

Ciertas personas dicen que quisieran perdonar, pero que ello sería una actitud hipócrita de su parte. ¿Por qué? Una vez más, el perdón no se sitúa en el nivel de los sentimientos. Estos cons­tituyen un estrato inferior del ser humano. Yo no los desprecio, porque ellos tienen su importancia y su valor. ¡Pero el perdón depende de la voluntad! Yo debo tomar la decisión de perdonar y pedir a Jesús que venga a penetrar y a fortalecer con su presencia las decisiones que acabo de tomar. Y hay que hacerlo todos los días y no tan sólo una vez de pasada. Porque somos sumamente complicados y lentos para comprender...

En definitiva, ¿qué es el perdón?

El perdón es el fruto de una gracia. Tan sólo la gracia de Dios puede hacernos capaces de entrar en una actitud de perdón.

Fue al profundizar en mi propio caso como pude hacer muchos descubrimientos a propósito de la sanación interior. Si hablo pro­fusamente de mi historia personal, es porque este ministerio exige mucha discreción cuando se trata de otros. Cuando alguien me entrega su testimonio por escrito, puedo hablar. Si no, me callo. Esta es la única razón por la que es preferible que hable de lo que yo mismo he vivido.

En lo que respecta al perdón, he descubierto que se sitúa a cuatro niveles:

1. El perdón que debo dar a los demás
2. El perdón que debo darme a mí mismo.
3. El perdón que debo dar a Dios.
4. El perdón que se debe pedir a los demás

Veamos algunos ejemplos que nos permitirán descubrir la realidad de cada uno de estos niveles del perdón:

1º.- Una señorita que pensaba que no odiaba a nadie y que por lo tanto no tenía nada que perdonar a los demás, nos dice:

cuando descubrí por primera vez que debía perdonar a los otros, este descubrimiento fue dramático para mí, porque yo pen­saba antes que no tenía nada que perdonar a nadie. Pensaba que estaba en paz. Sin duda, yo tenía pequeños problemas, pero no dificultades grandes respecto de mi prójimo.



Recuerdo bien el tiempo en que mi noviazgo fue roto. Me decía a mí misma que debía perdonar a mi novio. Me ponía de rodillas exclamando que lo perdonaba por esto y aquello...Aún no había descubierto la gracia del perdón.
Me mantuve en esta actitud hasta el día en que el Señor, quizás ya cansado de escucharme, a mi que me encontraba tan dispues­ta para perdonar a los demás, me hizo la siguiente pregunta: ‘Y tú, ¿qué mal le has hecho a él?"

Entonces vi el otro lado del problema. Mi propia actitud frente a mi novio. Y tomé conciencia del sufrimiento que le había inferido.
Me decía a mi misma: "De seguro que el pobre se salvó..." Pero el perdón no había sido comprendido aún: yo oraba, claro pero me escapaba lejos de Dios.

Lo maravilloso que ocurre con el Señor es que cuando uno se da cuenta de que El sana sus hijos, El ya está actuando desde hace mu­cho tiempo. Y es por esta razón por lo que debemos estar siempre atentos a los signos que nos da cuando viene a emprender nuestra sanación. Es lo que pasó conmigo.

Yo quería participar en un retiro de sanación. Me preparaba pa­ra él pidiéndole al Señor que me mostrara lo que El quería sanar en mi corazón. El conocía muy bien lo que estaba herido en mí. Yo, por mi parte, no veía lo que tenía que cambiar. Yo era profesora de filosofía, había estudiado psicología y otras disciplinas. Pero nunca me había interesado por un proceso terapéutico, porque eso no me atraía. Quince días antes del retiro, el Señor comenzó a tocar mi corazón. Alguien me preguntó por qué no me había ca­sado. Contesté que me encontraba bien así: era libre, tenía una profesión, hacia lo que quería con mi dinero, tenía la posibilidad de viajar. Por otra parte, mis padres encontraban muy inteligente que yo me hubiera quedado soltera. ¡tenía buena suerte! No esta­ba obligada a cocinar para mi marido, ni a lavarle las camisas...

Más de quince personas me hicieron la misma pregunta y a todas les di la misma respuesta. Por esos días tenía que entregarle un trabajo al Padre Carlos Aldunate, que era mi director espiritual. El, de un modo muy abrupto, me preguntó de pronto: “Nelly, quizás soy curioso, pero me gustaría saber la razón por la que no te has casado. Eres una mujer alegre, tienes una cantidad de cualida­des. ..Siempre me pregunto por qué una mujer como tú no se ca­sa.

¡Fue el golpe de gracia! En ese momento, en oración, comprendí el sentido de la pregunta que me había sido hecha por tantas personas. Tenía que haber algo torcido en mí. Frente al matrimonio había una insensibilidad total de mi parte. Me reía mucho de esas mujeres que andan a la caza de marido. Hacían el ridículo al perder de este modo su libertad. Sí, había en mi algo que estaba herido.

Partí al retiro en este estado de espíritu. Al segundo día, duran­te la oración de sanación, comprendí que yo me negaba a casar­me a causa de la infidelidad que había visto en mi padre para con mi madre. Yo había sufrido por esta infidelidad desde mi niñez . Mi papá era un hombre muy bueno, pero había hecho sufrir a mi ma­má por sus muchas aventuras amorosas. Y en mi corazón, incons­cientemente, yo me decía: Jamás me casaré, porque no quiero ser engañada y traicionada como mi mamá”. Alguien dijo en la a­samblea: “Vean qué fácil es perdonar. Pídanle a Jesús que venga a ustedes para que perdonen a los que tienen que perdonar”.

Yo estaba feliz. Había perdonado a mi padre.

¡Cuál no seria mi asombro cuando, al volver a casa, y encon­trarme con mi padre, sentí que tenía ganas de cortarlo en peda­citos. Me pregunté qué es lo que pasaba conmigo. Entonces com­prendí la palabra de Jesús en el evangelio de San Mateo. Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces debo perdonar, y Jesús le res­ponde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,22). Fue para mi un gran signo del Señor. Si “setenta veces siete” significa que hay que perdonar siempre, tendré que ponerme a orar y a perdonar hasta que reciba la gracia del perdón. Debo hacer todos los días una oración de perdón por mi padre hasta que esta gracia me sea otorgada.

Entonces, día tras día pedí: “Señor Jesús, dame la gracia de perdonar a mi padre todas sus aventuras, todas sus infidelidades, todo lo que hemos sufrido a causa de él”.
En esta época, mi padre se casó por tercera vez. A medida que yo oraba por el perdón, mis sentimientos cambiaban frente a él. La oración modificaba mis emociones. Yo me tornaba más apacible y la relación con mi padre se iba mejorando. Finalmente fue algo maravilloso.



Hay que hacer notar también que cuando rehusamos el perdón a alguien, lo atamos; guardamos sobre él algo así como un poder. Una vez que aceptamos perder este poder sobre la otra persona, si continuamos orando por el perdón, el Señor viene a cortar las ataduras y a restaurar el amor.

Yo estaba maravillada al constatar el trabajo hecho por el Señor no solamente en mi propio corazón, sino también en el de mi padre.

Insisto en la necesidad de una oración fiel para pedir esa gracia del perdón. Cometemos un gran error en la Renovación cuando creemos que basta perdonar de una vez por todas y que entonces queda todo arreglado como por encanto. Recordemos que somos cuerpo, alma y espíritu, y que la herida inscrita en nuestro ser por tal o cual acontecimiento hace más difícil el perdón. Sólo la oración cotidiana, hecha durante meses e incluso años, nos podrá obtener la gracia del perdón.

Una vez que hube comprendido que estaba muy lejos de haber perdonado a mi padre, y que las heridas se manifestaban con más fuerza, oré todos los días durante diez minutos pidiendo a Dios la gracia de perdonarle todo lo que me había hecho padecer. A me­dida que oraba así, el Señor me mostraba igualmente los buenos recuerdos que guardaba de él. Y después de unos ocho meses re­cibí la gracia en mi corazón.

El Señor obra a través de su Palabra. Jamás olvidaré el siguien­te texto del Eclesiástico (3,16), en que EÍ habla del deber de los hijos para con sus padres:

“Como blasfemo es el que abandona a su padre, maldito del Señor quien irrita a su madre”.

En ese momento el Señor me dijo que quería darme la gracia de perdonar a mi padre. Y durante ese año en que oré por el per­dón, el Señor trabajaba igualmente en el corazón de mi padre. Yo me di cuenta de que había rehusado toda la ternura que mi padre me había querido manifestar, a causa del resentimiento que yo experimentaba hacia él, que había hecho sufrir tanto a su familia.

Pues bien, el Señor permitió que descubriera esa ternura.

A veces sucede que sorprendemos a los otros cuando quere­mos perdonarlos y restablecer lazos que habían sido cortados. Comprendiendo que tenemos que perdonar, a veces, con impa­ciencia, queremos dar un paso hacia el otro.

Me acuerdo de aquel muchacho que le dijo a su madre: ‘Mamá, yo quiero perdonarte por tal o cual cosa”. La madre, que no estaba preparada para re­cibir esto, sufrió un verdadero shock. Hay que pedirle al Señor que llene nuestros corazones con su gracia, e incluso que nos sugiera los gestos y las palabras que habrá que decir cuando venga el mo­mento de la reconciliación. Todo esto, a fin de evitar una nueva he­rida. Así, mi padre ignoraba totalmente que nos había herido. No sabía que por su causa yo me había quedado soltera... ¿Qué ha­bría ocurrido si yo le hubiera dicho: “Papá, te perdono tus infi­delidades”.

El Señor nos dio su gracia. Mi padre vivía a dos horas de nuestra casa. En cierta ocasión se sintió movido a venir a vernos. Mientras yo escuchaba la palabra que acabo de mencionar, él lle­gaba a nuestra casa. Me abrazó y me dijo que me quería mucho y que deseaba verme...Yo sabia que era el perdón pedido el que estaba actuando en él.

Es importante, por último, hacer notar que la oración de perdón por un padre y una madre, es igualmente necesaria para que sea­mos sanados de las falsas imágenes paterna y materna: La prime­ra nos permitirá descubrir a Dios, nuestro Padre. La segunda nos hará descubrir a María, nuestra Madre. Son muchos los cristianos para quienes María no cuenta.¿Cuántos son los que se atreven a creer que María intercede por cada uno de nosotros? No nos atrevemos a pedirle nada, porque nuestra imagen materna está falseada.

Por medio de estos perdones que damos, el Señor viene, pues, a restaurar esas imágenes. Porque Dios restaura, Dios no des­truye nada. Y permite que veamos lo que está bien en nuestro pa­dre y también lo que está mal. El quiere que la imagen paterna sea plenamente rehabilitada en nuestra historia personal. ¡Esa es la maravilla de la sanación interior!

2º.- El perdón a nosotros mismos es una realidad muy com­pleja, porque nosotros somos seres repletos de culpabilidad, cul­pabilidad que puede comenzar ya desde el período en que el niño está en el seno materno: el hecho, por ejemplo, de no ser acogido, de no ser deseado, de no ser aquel o aquella que se esperaba, todo eso hace que nos sintamos culpables de vivir.

Puede pasar también que uno haya sido marcado por innume­rables reproches humillantes, que a veces son dirigidos a los hijos por los padres y educadores: “¡Eres un bruto! ¡No sirves para na­da! ¡Eres un inútil!”
O a lo mejor emplearon la estrategia del silen­cio, porque los hijos obraban de una manera que ellos no aproba­ban.
O puede que nos hayan hecho pasar vergüenza ante los de­más por habernos comportado de una manera que parecía re­prensible a los ojos de los mayores. La culpabilidad tiene los más diversos orígenes.



En el ministerio de sanación me ha llamado la atención encon­trarme con personas que, habiendo recibido el perdón sacramental mucho tiempo atrás, persisten, sin embargo, en acusarse de la misma falta. Y no sólo eso, sino que siguen también sufriendo las consecuencias de sus pecados. Y ello, porque no han descubierto la realidad profunda del perdón, no han valorado en toda su magnitud el sacrificio de Jesús en la cruz al derramar hasta la última gota de su Sangre para expiar por nuestros pecados, no han descubierto que tenemos un Dios tan misericordioso y poderoso que al perdonarnos tira nuestros pecados al fondo del mar y no se vuelve a acordar de ellos (Cfr. Miqueas 7,19).

¿De qué se trata, pues? Lo que sucede es que esa persona no se ha perdonado aún a sí misma.

Recuerdo el caso de una señora que sufría insomnios desde hacía veinte años. Se había casado muy joven, alrededor de los dieciséis años, con un hombre de unos treinta. La diferencia de edad entre ambos era muy grande.

Cuando esta mujer llegó a la edad de veinte años, se enamoró de otro hombre y engañó a su marido. De este modo tuvo una rela­ción que duró una decena de años y que se habría prolongado aún más si su amante no hubiera muerto. Después de esta aventura, ella volvió a recibir los sacramentos. Tomó conciencia de su pe­cado y se confesó. Durante años siguió confesando la misma falta sin poder encontrar la paz ni conciliar el sueño.

Con ocasión de un retiro de sanación, ella me relató su historia y me pidió que orara por ella. Mientras oraba, recibí una visión en que esta mujer aparecía llevando una pequeña tumba sobre su cabeza. Le pedí al Señor que me diera sabiduría para decirle lo que ella necesitaba. Descubrí entonces lo que había pasado y le aconsejé que se perdonara a sí misma. Me respondió que era incapaz de hacerlo. Cuando me confió que ya había confesado su pecado y que en cada confesión volvía a confesarlo nuevamente, yo le pregunté si acaso sabía lo que estaba viviendo: “Eso es una tentación. Usted está siendo tentada de no creer que Dios ya ha perdonado su traición...”

Me preguntó si no sería bueno para ello poner a su marido al co­rriente de su infidelidad. Le contesté que aquí precisamente se ha­llaba su cruz. Si quería que su marido se mantuviera firme, era pre­ferible que callara. Debía perdonarse a sí misma, pedir a Jesu­cristo la gracia de entrar en una actitud de perdón y de reconciliación consigo misma.
Ella pidió esta gracia. Poco tiempo después, vino a encontrar­me, radiante de alegría, y me dijo: “¡por primera vez he dor­mido toda la noche!”.

Usualmente sólo creemos lo que experimentamos. Cuando ha­yamos tenido ocasión de perdonamos a nosotros mismos algún hecho doloroso que nos ha marcado en lo profundo, cuando ha­yamos tenido ocasión de constatar los efectos del perdón, sola­mente entonces llegaremos, tal vez, a creer en la fuerza sanadora de la actitud perdonante frente a Dios, a los demás y a nosotros mismos.

Recuerdo todavía otro caso. Una dama estaba oprimida desde hacia muchos años. Su madre había sido muy autoritaria con ella en sus años juveniles. Cuando esta dama comenzó a trabajar, se llevó consigo a su madre, pues el padre ya había muerto. Desde ese momento jamás quiso comprarle algo a su madre. Cuando és­ta le pedía zapatos o cualquiera otra cosa que necesitaba, ella le contestaba que no tenía dinero. La madre murió de pena. Ella se puso entonces a comprar toda suerte de cosas, que amontonaba en armarios sin usarlas jamás. Es que tenía que castigarse por lo que había omitido hacer por su madre. Entonces descubrió su cul­pabilidad, que se originaba en el deseo de vengarse de su madre, alimentado secretamente por mucho tiempo.

Se confesó, y todos los días pedía, por el poder de Jesús, la gracia de perdonarse a sí misma. Y de este modo sanó.

La culpabilidad nos destruye y corroe, porque ordinariamente somos para con nosotros mismos los peores jueces. Nosotros nos juzgamos más duramente que lo que lo hace Dios, que es por ex­celencia amor y ternura.

3º.- A menudo alimentamos un gran resentimiento frente a Dios, y nos forjamos falsas ideas acerca de El. Mi ministerio de sanación está verdaderamente centrado en el amor de Dios.



Cuando un hombre o una mujer descubren que son amados por Dios, por un Dios que está en todas las cosas y que nos acepta tal como somos, entonces muchísimos problemas desapare­cen.

Con gran asombro he podido constatar que aunque, por su­puesto, yo oraba mucho y hacía retiros..., en mi corazón me preguntaba constantemente si acaso Dios me amaba, si me amaba tal como yo era. En el fondo yo abrigaba una gran desconfianza frente a El.

¿Cómo descubrí la necesidad del perdón a Dios? Porque puede ocurrir que hablemos hermosamente de su amor y que incluso lo sintamos muy cerca intelectualmente. Pero no somos solamente inteligencia. Somos cuerpo, alma y espíritu; y es en estos tres niveles como debemos experimentar el amor de Dios. No se trata tan sólo de un asunto de sentimientos, porque los sen­timientos se desgastan con facilidad y prontamente.

Cuando mi comunidad me animó a ejercer el ministerio de sa­nación, me dije a mí misma: “Si el secreto de los cristianos ha de ser el amor, algo pasa conmigo, puesto que yo no acepto a todo el mundo”.

Me gustaba encontrarme con gente inteligente, con gente con estudios, porque podía hablar con ellos de cosas que yo juzgaba interesantes. Pero ahora estaba embarcada en un ministerio de sanación, y quien dice ministerio de sanación, dice ministerio de amor. Ahora bien, entre las personas que venían a verme, había algunas que me fastidiaban porque decían siempre las mismas cosas. Me pregunté, pues, a mí misma por qué yo no podía amar a estas personas. La primera respuesta fue que yo no me sentía amada por Dios y que tampoco me amaba a mi misma. Entonces clamé a Jesús y le dije: “Señor ¿porqué yo no amo como Tú amas? ¿Porqué no acepto a todo el mundo como Tú lo haces? ¿Porqué esa falta de confianza frente al amor?”.

Un día, yo me encontraba muy triste por no saber cómo amar. Con ocasión de una reunión, una mujer pobre se había arrojado a mis brazos diciendo: “Lo que más me gusta en ti, es que estás llena de amor y que aceptas a todo el mundo. Vengo a abrazarte porque te quiero y tú me quieres”. Me sentí entonces tan hipócrita que quise escaparme. Luego le hice a Jesús la misma pregunta que le había hecho antes: “Señor, te ruego que me res­pondas: ¿Por qué no amo yo como Tú amas? Jesús, ¿me amas Tú? ¿Me amas verdaderamente?”.

En la oración por sanación interior he podido descubrir lo que podríamos llamar la "herida tapón". Es una herida que de alguna manera impide que el Señor entre libremente en nuestra vida.
Durante un retiro ignaciano yo hacía una y otra vez la misma pregunta: ‘Señor, ¿me quieres?” No pasó nada durante los dos primeros días. Pero al tercero recibí una visión en que aparecía un canasto lleno de arvejas, secas y grises. Por encima de este ca­nasto había una vaina henchida de frutos espléndidos. Era ma­ravillosamente verde, tal como podía vérsela sobre una tierra fe­cunda. Esta vaina se entreabría de tal modo que podían verse sus frutos.

Durante esta visión pude comprender que esa vaina era yo mis­ma. Se había apoderado de mí una enorme gula espiritual. Yo estaba llena, pero era incapaz de dar. Este diagnóstico del Señor me entristeció (para mí, una visión es un diagnóstico del Señor). Pero ese diagnóstico era justo: yo era una mujer golosa de las rea­lidades espirituales. Pero era incapaz de dar, en particular de dar amor...

Tenía, pues, que preguntarle al Señor por qué yo actuaba de esta manera. Yo tenía miedo; no tenía la menor confianza en mi misma. Podía sin duda hablar en público, hacer una conferencia sobre literatura..., pero, cuando hablaba de Jesús, se apoderaba de mi el temor y me sentía angustiada. Nadie creía en mi angustia, porque me veían hablar ante mucha gente. Pero mi corazón es­taba muerto de miedo.

Era como medianoche cuando la respuesta me fue dada. Volví a verme a la edad de once años en la biblioteca del liceo en que había comenzado mis humanidades. Pude ver a una niñita muy menuda que venía a buscar libros para el año escolar.

Mi madre siempre tenía problemas económicos, porque mi pa­dre era muy gastador. Yo trataba de evitarlo preocupaciones y no obligarla a comprarme los libros que necesitaba al comienzo del año escolar. Procuraba obtenerlos por medio del servicio de prés­tamo. Pero lo que yo no esperaba era que esos libros estuvieran marcados con el sello de la “Asociación de Estudiantes Pobres”. Este sello en la primera página de los libros me traumatizó para siempre, porque todo el mundo se podía dar cuenta de que yo ha­bía obtenido los libros prestados. La caridad no se ejercía con .discreción. Esa era la herida que me impedía recibir el amor de Dios y sanar.



Por otra parte, como en casa éramos muchos, yo estaba ha­ciendo mis estudios en el internado gracias a una beca que mi pa­dre había obtenido para mi. Cada vez que yo reclamaba por algo, me decían: “Señorita, usted no tiene derecho a reclamar; ya sabe por qué...”

Había por último, otra cosa que también me molestaba mucho, y es que no se nos llamaba nunca por el nombre propio. Decían: ‘Señorita Astelli". Desde muy pequeña siempre había oído en el colegio: ‘Señorita Astelli, al pizarrón. Señorita Astelli, haga tal o cual cosa”. Esta manera de nombrársenos creaba una distancia entre el profesor y la niña que era yo, una distancia que, a su vez, se manifestaba en mi vida espiritual, en mi relación para con Dios.

Yo tenía una falsa idea de Dios. ¿Quién era El para mí?

Un Dios muy atento a que yo cumpliera todo lo que se me pedía. De otro modo, El me quitaría la beca de estudios.

Un Dios juez, que me seguía paso a paso. con una lupa en la mano, al igual que un cien­tífico que observa una hormiga.

Un Dios listo para aplastarme tan pronto como yo diera un paso en falso.

Por suerte, yo estaba en una escuela laica, y no conocí todo ese género de culpabilidades insufladas en las escuelas cristianas a propósito del pecado y de la moral.

Cuando me di cuenta de la falsa idea que tenía de Dios, le pedí perdón y lo perdoné. ¡Pareciera una herejía decir que se perdona a Dios! Sin embargo, yo perdoné lo que había imaginado a pro­pósito de El, y le pedí que me perdonara esas falsas ideas que yo me había forjado de El.

Viví entonces una gran reconciliación. Desde ese momento mi vida fue una vida nueva. En efecto, muchas de mis heridas se habían originado en esta falsa idea que yo tenía de Dios. Era ella la que me impedía -y les impide a muchos- introducirme en la gratuidad del Reino.

¿Por qué no lograba yo creer que Dios me amaba? Porque ali­mentaba mucho resentimiento para con El.

Mi casa se había desplomado a raíz de un terremoto. Mi madre había muerto. Yo había perdido injustamente mi trabajo... Me rebelaba pues contra ese Dios que no me hacía justicia.

Podría pensarse que hablar de perdonar a Dios es una blas­femia. Pero, de hecho, en el momento en que yo acepté perdonar­lo, en ese mismo momento comencé a sanar. Y también mi idea de Dios se fue modificando.

Yo oraba de esta manera: ‘Señor, yo te perdono porque mi casa se destruyó. Señor, yo te perdono por haberte llevado a mi madre. Oh Dios, yo te perdono por todas las cosas trágicas que han ocu­rrido en mi vida”. Entonces pude descubrir mi pecado, mi mala manera de ver las cosas. Dejé de culpabilizar a Dios por todo lo que me ocurría. El no era el responsable del derrumbe de mí casa, pues yo le había preguntado a mi padre, tiempo antes, si no sería bueno hacer un peritaje por parte de un arquitecto, y él se habla opuesto a ello, so pretexto de que la casa estaba en buen estado.

Dios no era tampoco responsable de la muerte de mi madre, pues ella se encontraba en edad ya avanzada, y la hora de su muerte había llegado.

Sólo cuando me puse a perdonar a Dios, descubrí un sentido para mí vida. Todo quedó puesto en su lugar propio. Abrigamos muchas veces resentimientos hacia Dios y lo responsabilizamos de muchas cosas que, de hecho, son causadas por el pecado original y por nuestros propios pecados personales y colectivos.

4º.- A la edad de 15 años, siendo hijo único, cualquier día dije a mi madre que quería irme de la casa, ya que quería hacer mi propia vida. Sin aceptar ninguna recomendación o consejo me fui, desconociendo en ese momento todo el dolor que le causaba a mi madre y a mi familia.


Deambulé por el mundo sin ningún sentido y al mes ya estaba en dificultades económicas y en una difícil situación que me llevaron a tener inclusive que aguantar hambre y pasar grandes necesidades y afugias.

Mi problema se hubiera podido solucionar con el sólo hecho de volver a mi casa y decirle a mi madre y a mi familia que me perdonaran, que me había equivocado, que como la casa no hay nada, que el hotel mama no es de 5 sino de 6 o más estrellas, que el cariño y la acogida que siempre me habían brindado no la había conseguido ni la podría conseguir en ninguna parte.

Pero mi insensatez, mi inmadurez, mi dureza de corazón, el hecho de no aceptar mi fracaso y de pensar que todo lo estaba haciendo bien, no me permitieron hacerlo.
Hoy, en la gloria de Dios, donde creo que se encuentra mi madre, le pido perdón por todo el daño que le causé, por todo el mal que le hice, porque partí en dos su corazón y lo llené de soledad y tristeza.

No conforme con este gran daño, durante ese lapso conocí a la que hoy es mi esposa y hoy descubro que el daño que le causé fue inmenso.

Contraje matrimonio en el año 1.970. En 1.971 fue bendecido nuestro hogar con nuestra hija y en 1.976 con nuestro hijo.

Desde el momento de mi matrimonio fui un casado soltero, ya que seguí haciendo lo que desde hacía ocho años que había salido de mi casa, realizaba: tomar trago, tener mujeres, dilapidar el dinero que ganaba en las cosas que menos importaban, menos en la responsabilidad que ante Dios había adquirido al llegar al sacramento del matrimonio.

Ese martirio duró para mi esposa 20 años, y fue para mis hijos causa de gran tribulación y de inmenso dolor, porque no hay situación más degradante y más traumatizante para una esposa que no ver llegar a su esposo o verlo llegar embriagado, perdido, enlagunado a causa del licor, ni hay algo más difícil de olvidar por parte de los hijos que ver llegar a su papá borracho, o verlo beber en su casa, o saber que ya va a llegar embriagado.

Ante esta difícil situación, muchas mujeres llegan a la separación, pero Dios me bendijo con una excepcional esposa, con una gran mujer, con una ferviente creyente en la misericordia, el amor y el poder de Dios, con una convencida en el poder de la oración.

Mi esposa ingresó a un grupo de oración, se reconcilió y empezó a pedirle a Dios por mi conversión, por mi cambio, porque yo fuera desatado de las garras del mal y del pecado en que me encontraba, porque yo fuera libre de la oscuridad en que me hallaba y Dios la oyó, y para su gloria, desde hace 12 años he conocido al Señor Jesús y mi vida ha cambiado por completo, porque son 12 años sin tomar licor, 12 años sin visitar los burdeles que acostumbraba visitar, 12 años separado de las amistades de ese mundo turbio y oscuro, 12 años de descubrimiento del valor de un hogar y del papel preponderante que en él tiene la mujer, 12 años de descubrir el regalo maravilloso que Dios nos hace al bendecirnos con la paternidad y la maternidad y permitirnos tener a nuestros hijos, 12 años de sobriedad, 12 años de tratar de servir a los demás y de mostrarles el mundo que Dios quiere para todos nosotros, 12 años de vivir en la gracia de Dios.

Hoy, en este día, y a través de estas líneas, quiero pedirle a mi esposa y a mis hijos perdón por todo el daño que les causé, reconocer mis grandes errores y pedirle a Dios que me siga iluminando y que me de la oportunidad de resarcir y de reparar todo este daño causado, a través de la comprensión, el cariño, la compañía permanente, la asistencia total y el verdadero amor.

Esta invitación la hago extensiva a todos aquellos hermanos o hermanas que en su vida han cometido o están cometiendo cosas similares o peores, que están causando dolor y tristeza a los demás.

Hay que reconocer los errores que se han cometido o se están cometiendo, las ofensas que hemos causado o estamos causando a los demás, las heridas que hemos infringido o estamos infringiendo a otras personas, el dolor que hemos traído a nuestros hogares o a nuestros seres queridos, los engaños y traiciones que hemos ocasionado a nuestros semejantes, y por la gracia de Jesús, como lo veremos en el capítulo del perdón, decirles de todo corazón y con toda nuestra alma: “Perdóname en el Nombre de Jesús por todo el daño que te causé o te estoy causando”.



Extraido de la pagina: www.elencuentrocondios.org